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jueves, 11 de agosto de 2016

Pierrette, mi resistente favorita.

Hace pocos años conocí a una mujer fascinante de la que había oído hablar mucho a su sobrino. Sabía más de lo que ella podía imaginar pero nada me había preparado para el impacto que me produjo la enorme fuerza que desprendía aquella menuda figura, sonriente y amistosa, que tardó muy poco en ofrecernos un bourbon de aperitivo.
Pasamos un rato muy agradable en el que  disfrutamos de un magret de pato delicioso, naturalmente cocinado por ella, y conversamos mucho, a pesar de no hablar el mismo idioma. Es curioso como dos personas pueden entenderse perfectamente si se lo proponen.
Me contó algunas cosas de su paso por la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial que me guardo como recuerdo y me dije que si hubiese más personas como Pierrette en el mundo las cosas marcharían en la dirección correcta.
En la foto sostiene el libro de poemas "Adiós a Nosotros" que le ha llevado JuanDa (gracias, bro), con una dedicatoria especial. No me cabe duda alguna de que lo leerá hasta el final. El poema que pongo a contnuación, escrito muchos años antes de conocerla, sirve como homenaje a la vida, a la determinación y a la fuerza de Pierrette Roubenne. Quizá la última resistente.


“Resiste”

Resiste quien aguanta malos tragos.
Resiste quien se afana en respirar.
Resiste los mazazos que te han dado.
Resiste, la campana ha de tocar.

Resiste por los versos silenciados.
Resiste por la angustia de morir.
Resiste el condenado que ha robado.
Resiste el inocente ¡Ay de ti!

Resiste que los tiempos no han cambiado.
Resiste, que aún te queda por penar.
Resiste, que la historia se ha truncado.
Resiste, que no hay consuelo al llorar.

Resiste en el afán de ser juzgado.
Resiste con el ansia de vivir.
Resiste, la batalla no ha acabado.
Resiste, no es aún hora de morir.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El dolor de occidente.


Los últimos atentados de París, regando de sangre inocente nuestras conciencias democráticas, han traido consigo un econado debate en las redes sociales sobre la supuesta hipocresía de los occidentales rebosando solidaridad con nuestros hermanos franceses, sin que se manifieste la misma actitud con atrocidades similares en Oriente Medio o África. Los bienpensantes que nos acusan con el dedo parecen sentirse en un peldaño superior, obviando los normales sentimientos de horror para mantener el liderazgo moral que, como imanes del radicalismo humanitario, nos recuerde la maldad intrínseca del hombre blanco, indiferente al sufrimiento de los demás tonos de piel. Yo, lo confieso, soy uno de los señalados con el índice, de los desalmados europeos que no se ponen la bandera siria o nigeriana o egipcia (tampoco la francesa, esa es la verdad) cuando ocurre una matanza en esos países. No significa que sea insensible al dolor de sus sociedades, no. Tampoco que considere que ellos se lo merecen, porque no es así. Lo único cierto es que suele conmovernos más aquello que consideramos próximo, nuestro. París es tan mío como de los parisinos o de los franceses. Es mi ciudad, mi país, y son mis conciudadanos los que han muerto allí. No diré que son mis hermanos, pero sí que los siento como próximos por más que el idioma me conceda una cierta distancia. Y los sirios, nigerianos y egipcios, por poner un ejemplo, no lo son. Me duele la injusticia de su dolor y la pena del ser humano al que sin conocerlo no deseo ningún mal, pero no los siento próximos como a los franceses, por citar el último ejemplo de víctimas del terrorismo. No son de los míos. Posiblemente sea porque la violencia o la miseria parecen algo endémico en esas zonas del mundo o porque la distancia geográfica me ponen trabas a la inmediatez del cariño. Lo real, lo verdadero, es que mis convecinos, sea cual sea el color de su piel o sus creencias, están en mi vida diaria. Puede parecer egoísta pero es la verdad.